El soldadito de plomo

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Había una vez, un juguetero que fabricó un ejército, de soldaditos de plomo, pero como este no le alcanzó dejó el último soldadito sin una pierna.

Pronto, los militares fueron regalados a un niño y ahí el soldadito sin pierna conoció a una preciosa bailarina de papel. Ella tenía los brazos alzados y una pierna levantada hacia atrás, de tal manera que no se le alcanzaba a ver. El soldadito de plomo estaba convencido de que era “La chica ideal”, porque le faltaba también una pierna.

Esa noche, cuando ya todos en la casa estaban dormidos, los juguetes comenzaron a divertirse, bailaban y corrían por todas partes. Los únicos juguetes que no se movían eran el soldadito de plomo y la hermosa bailarina de papel. Se miraban el uno al otro, pero esto molestó al duende de la caja de sorpresas, que lanzó sobre el soldadito una amenaza: -Ya verás lo que te pasará mañana-.

A la mañana siguiente, después de jugar el niño dejó al soldadito de plomo en el borde de la ventana. A lo mejor fue el viento, o quizás el duende malo, lo cierto es que el soldadito de plomo se cayó a la calle. El niño no pudo ir a buscarlo porque llovía muy fuerte y la criada no le permitió salir.

Pero fuera de casa, unos chicos encontraron al soldadito de plomo cabeza abajo, y le hicieron un barco de papel para ponerlo a navegar por las calles inundadas. La corriente arrastró el bote hasta una alcantarilla donde apareció una rata enorme. Pidiendo le pagara peaje. Pero no había forma de detenerse. Así llegó hasta el canal, donde el barco naufragó por estar tan mojado. El soldadito de plomo se hundió en el agua. Justo antes de llegar al fondo, un pez gordo se lo tragó y nadó por todo el canal hasta llegar al mar.

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En el estomago del pez, el pobre soldadito extrañaba su hogar, el niño que jugaba con él, y a su amada bailarina, pensando que jamás los volvería a ver. Sin embargo, la suerte quiso que unos pescadores pasaran por allí y atraparan al pez con su red. Así llegó el pez en el mercado y terminó en manos de una cocinera que se disponía a prepáralo cuando encontró algo duro dentro de él.

Al sacarlo, la criada se dio cuenta que era ¡el soldadito que se le cayó al niño por la ventana!, y de inmediato se lo devolvieron.

El niño se puso muy feliz. Por su parte, el soldadito, estaba un poco aturdido. Finalmente, se dio cuenta de que estaba de nuevo en casa al ver a la bailarina, apoyada en una pierna. Habría llorado de la emoción si hubiera tenido lágrimas, pero se limitó a mirarla. Ella lo miraba también.

De repente, el hermano del niño agarró al soldadito de plomo y lo arrojó al fuego de la chimenea porque olía a pescado. El soldadito cayó de pie en medio de las llamas. Los colores de su uniforme desvanecían a medida que se derretía. De pronto, una ráfaga de viento arrancó a la bailarina de la entrada del castillo y la llevó como a un ave de papel hasta el fuego, junto al soldadito de plomo. Una llamarada la consumió en un segundo.

A la mañana siguiente, la criada que limpiaba la chimenea, encontró en medio de las cenizas un pedazo de plomo en forma de corazón. Al lado, negra como el carbón, estaba la lentejuela de la bailarina.

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