Cuento corto el periquito Fito

Cuento corto el periquito Fito

Una tarde llamaron a la puerta y al escuchar el timbre lo primero que hice fue gritarle a mi mamá, pues ella estaba más cerca de la entrada que yo. Sin embargo, al no obtener respuesta de su parte, me levanté de la cama y fui a ver quién era. Con sorpresa me topé con que mi vecino me traía un libro de cuentos infantiles, otro de cuentos cortos y una jaula que contenía a un pequeño periquito de color verde.

– Muchas felicidades Samuel, sé que el mes que entra es tu cumpleaños. La razón de quere verte, es porque mañana parto por cuestiones de trabajo al sur y no creo regresar hasta el mes de noviembre. Espero que te guste la selección de cuentos cortos y cuentos infantiles. Aparte de eso, decidí traerte a este amiguito, pues pienso que los niños deben tener una mascota.

Le di las gracias y al cerrar la puerta lo primero que hice fue buscarle un nombre a ese simpático loro. Concluí ponerle Fito, porque así se llamaba mi abuelito.

Debo decir que es el periquito más inteligente que he tenido ocasión de ver, en segundos memorizó mi apodo (Sam) y su voz se escuchaba por toda la casa.

En una reunión en la que vinieron a visitarnos unos parientes de la capital, mi tía, Elizabeth me dijo:

– Es muy cruel que tengas a ese animalito en cautiverio. Como te sentirías tú sí te tuvieran encerrado en tu habitación sin dejarte salir de paseo o a jugar con tus amigos. Le voy a decir a tu papá que te lleve al campo para que lo dejes en libertad.

– Si tía, pero es mi compañero de travesuras. ¿Qué haré sin él?

– Te queda tu colección de cuentos infantiles y la de cuentos cortos. Lee, estudia, dibuja etc. tienes muchas cosas que puedes hacer.

El domingo llevamos a Fito al bosque. Yo no paraba de llorar. Papá abrió la puerta de la jaula y mi loro salió de ella, dio dos vueltas en círculo y se fue de ahí.

Mi padre al ver mi aspecto, me sugirió:

– Hijito, si quieres vamos ahora mismo a comprar otro perico.

– No papi, ya déjalo. No quiero encariñarse de nuevo.

Entré a mi recámara y prendí la televisión. Increíblemente comencé a escuchar una voz inconfundible que me decía: “Sam, Sam”. Gire la cabeza y sobre la cabecera de mi cama vi a Fito que me estaba esperando.

En un santiamén me deshice de la jaula, así que ahora mi periquito sale y entra de la casa cuando quiere.

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