El Caracol y el Rosal

cuentos infantiles caracol y rosal

Erase una vez un jardín en cuyo centro crecía un rosal todo lleno de flores, y a su abrigo vivía un caracol. Un año más tarde el caracol se hallaba tomando el sol casi en el mismo sitio que antes, mientras el rosal echaba capullos. El caracol sacó medio cuerpo afuera, estiró sus cuernecillos y los encogió de nuevo. No había nada nuevo, el rosal seguía dando capullos, y así lo hizo el verano y el otoño. Cuando llegó el invierno el rosal se inclinó hacia la tierra; el caracol se escondió bajo el suelo. Luego comenzó una nueva estación, y las rosas salieron al aire y el caracol hizo lo mismo.

El caracol le decía al rosal: -Ya eres viejo, has dado al mundo lo que podías dar. Pronto no serás más que un palo seco…
¿Te preguntaste alguna vez por qué florecías y cómo florecías, por qué lo hacías de esa manera y de no de otra?- .

El rosal se asustó porque nunca había pensado eso y respondió: -Florecía de puro contento. De la tierra, allá abajo, me subía la fuerza. Sentía una felicidad que era siempre nueva, y así tenía que florecer sin remedio. No podía hacer otra cosa.
Me lo daban todo. Pero tú tuviste más suerte eres una de esas criaturas que piensan mucho, y se proponen asombrar al mundo algún día-.

-El mundo no existe para mí. Bastante es que me ocupe de mí mismo y en mí mismo- dijo el caracol.

–Pero todos debemos dar los mejor de nosotros. Es cierto que no te he dado sino rosas; pero tú, en cambio, que posees tantos dones, ¿qué has dado tú al mundo? –

–Yo lo escupo. ¿Para qué sirve el mundo? No significa nada para mí. Anda, sigue cultivando tus rosas; cada uno tiene su público, y yo también tengo el mío dentro de mí mismo-. Y con estas palabras, el caracol se metió dentro de su casa y la selló.

Pero el rosal no podía esconderse por mucho que lo intentara. Pero recordaba que una vez una madre guardó una de sus flores en su libro de oraciones, y una bonita muchacha se prendió otra al pecho. Aquello era una bendición. Los recuerdos de su vida. Y el rosal continuó floreciendo, mientras el caracol dormía dentro de su casa. El mundo nada significaba para él.

Y pasaron los años. El caracol se había vuelto tierra en la tierra, y el rosal tierra en la tierra… Pero en el jardín brotaban los rosales nuevos, y los nuevos caracoles se arrastraban dentro de sus casas y escupían al mundo, que no significaba nada para ellos.

¿Empezamos otra vez nuestra historia desde el principio? No vale la pena; siempre sería la misma.

Cuento de Hans Christian Andersen

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