El gallo que no podía cacarear

El gallo que no podía cacarear

Olegario era un gallo que se había ganado una buena reputación en la granja, Lo que nadie sabía es que él no podía cacarear pues su timbre de voz era demasiado grave.

Sin embargo, todos los animales se despertaban a tiempo, gracias a que él tenía una grabadora en donde había capturado el sonido de un gallo vecino. Era tan reservado en ese aspecto que no permitía que nadie entrara a su cuarto.

Un día el cielo se puso negro, lo que hacía suponer que en breve caería una gran tormenta. Olegario verificó que las pilas de su aparato estuvieran cargadas, ya que lo más probable sería que él tuviera que emitir una señal de auxilio en el momento menos esperado.

Por las prisas, la grabadora se le zafó de sus patas, cayendo al lodo y descomponiéndose en ese mismo momento. El pánico se apoderó de él, pues creyó que el granjero lo despediría debido a que no podría seguir cumpliendo con su labor.

En eso estaba, cuando pasó junto a él, Paolo un cerdo grande y mal encarado quien le dijo:

– ¡Qué cara tienes Olegario! Eso te pasa por desvelarte viendo las estrellas.

– Sí, pero no es eso. Lo que sucede es que hoy amanecí enfermo de la garganta y creo que no podré avisarles a los demás en caso de que el clima empeore.

– Claro que si podrás, yo he visto que a ti ni el catarro ni la tos te impiden cantar correctamente. Hasta luego.

Olegario no tuvo el valor suficiente de confesar el engaño.

En pocas horas, el clima ya había hecho estragos en la granja y sin embargo, nadie se había puesto en zona de resguardo, dado a que el gallo no había emitido la señal de alarma.

Viendo tal situación, Olegario se puso frente al micrófono y comenzó a emitir varios sonidos, pero ninguno era del calibre necesario. Sin embargo, los animales acudieron a su llamado y afortunadamente no hubo nada que lamentar.

Al final de la catástrofe, Olegario se acercó a todos y les mencionó:

– Discúlpenme, les confieso que nunca he podido cacarear. Lo que escuchaban era una grabadora.

– Lo sabemos Olegario, eso no importa, tú nos caes muy bien.

– ¿De verdad?

– ¡Qué tonto fui al no decir la verdad desde un principio!

La moraleja de esta historia es que los amigos aceptan tus defectos y virtudes.

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