El niño y el árbol

cuentos infantiles niño y el árbolUn ancianito llevaba a su nieto hasta una colina en un bosque cercano, para mostrarle desde ahí todo el valle; el lugar donde habían vivido por tantos años. Al llegar ahí, el chico observaba el paisaje con admiración, creía conocer muy bien su pueblo, pero desde ahí arriba, todo se veía mucho mejor, y pudo notar cosas que antes ni sabía que existían.

Con la hermosa vista frente a ellos, se sentaron a disfrutar de los bocadillos que la abuela les dio con tanto gusto, y entre ellos, el niño se encontró una avellana, su primera reacción fue tirarla por el vacío, sin embargo al alzar la mano, su abuelo le dijo que esperara, pues esa cosita que tenía ahí, que le parecía sin importancia o un estorbo, podría convertirse en algo muy hermoso, lleno de vida. Ante tales revelaciones el niño ni hizo más que sorprenderse, y de inmediato siguió las indicaciones del anciano para plantarla en el suelo.

Volvieron a casa, esperaron y esperaron, hasta no poder más, el niño estaba muy inquieto, si dependiera solo de él, habría ido a la colina a diario, pero el abuelo no podía hacerlo. Al llegar la primavera, por fin fueron nuevamente a la colina, ya había ahí un pequeño árbol, delgado y pequeñito, pero árbol al fin. Pusieron junto a él un palo para que no creciera torcido, y una pequeña cerca para que los animales no pudieran dañarlo.

Esperaron hasta la próxima primavera para visitarlo de nuevo, fue así año tras año, convirtiendo aquella caminata en una tradición. Con el paso de los años, el roble fue creciendo al igual que el niño y el abuelo envejeciendo, no podía seguir visitando al árbol, además el chico tenía otros intereses.

Así pasaron los años, el abuelo se marchó y el niño era ya todo un hombre. Había olvidado al pobre árbol, pero recordaba los paseos con el abuelo, así que miró nuevamente hacia la colina que tanto los unió en el pasado. Ahí estaba el árbol, tan grande y majestuoso, que podía verse desde lejos, la colina era la misma, pero lucia muy distinta, verde, llena de vida.

Sin pensarlo dos veces, llevó a sus hijos hasta allá, compartió con ellos la historia del árbol, y les dio un par de semillas para que hicieran lo mismo. Retomando así la tradición, juntos transformaron la colina, y se encargaron que la historia del niño y el árbol se siguiera escribiendo en cada generación.


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