El Patito Feo

cuentos infantiles patito feoHermosos eran los días de verano cuando cierta pata veía que al fin los huevos se abrían uno tras otro. -¡Pip, pip!-, decían los patitos y asomaban sus cabezas a través del cascarón. Pero el más grande de los huevos no se había roto aun, y la pata tuvo que sentarse de nuevo en su sitio. Por fin se rompió el huevo. -¡Pip, pip!-, dijo el pequeño, pero era tan grande y feo que no se parecía ninguno de los otros.

Cuando se reunieron en el corral todos miraban con desprecio a aquel patito tan feo, le daban picotazos en el cuello y lo trataban a empujones y burlas —¡Qué feo es!—decían, y su madre lo confortaba acariciándole el cuello con el pico y alisándole las plumas. El pobre patito se sentía terrible por ser tan feo y porque todo el mundo se burlaba de él. Incluso sus hermanos y hermanas lo maltrataban de vez en cuando.

Un día, la muchacha que traía la comida a las aves le asestó un puntapié. Entonces el patito huyó del corral, hasta llegar a la granja de una anciana, que le dio de comer y beber, pero no porque lo quisiera, si no que pensaba usarlo como segundo plato, así que el patito huyó de nuevo. Se topó con patos salvajes que también lo despreciaron, y estuvo entre los gansos que le hicieron burlas. Ningún ser viviente quería tratarse con él por lo feo que era.

Cierta tarde de otoño, emergió de entre los arbustos una bandada de grandes y hermosas aves. Se elevaron muy alto, allá entre los aires, y el patito feo se sintió lleno de una rara inquietud. Después de eso tuvo que pasar un crudo invierno lleno de problemas. Hasta la llegada de la hermosa primavera.

Entonces, de repente, probó sus alas y lo arrastraron rápidamente a lo alto. Llegó hasta un bello jardín donde estaban tres hermosos cisnes blancos, rizando sus plumas y dejándose llevar con suavidad por la corriente. El patito feo reconoció a aquellas espléndidas criaturas que una vez había visto levantar el vuelo, y se sintió sobrecogido por un extraño sentimiento de melancolía. Y así, voló hasta el agua y nadó hacia los hermosos cisnes. En cuanto lo vieron, se le acercaron con las plumas encrespadas.

 El pobre patito feo agachó la cabeza esperando los picotazos. Pero se encontró con su reflejo que ya no era el de un pájaro torpe y gris, feo y repugnante, sino ¡el reflejo de un cisne!. Poco importa que se nazca en el corral de los patos, siempre que uno salga de un huevo de cisne. Los tres cisnes nadaban y nadaban a su alrededor y lo acariciaban con sus picos. Los niños que acostumbraban entrar al jardín para lanzar al agua pedazos de pan y semillas gritaban con alegría por la llegada de un nuevo y hermoso cisne, que era el más bello de todos.

Y los cisnes viejos se inclinaron ante él. Y mientras recordaba los desprecios y humillaciones del pasado, oía como todos decían ahora que era el más hermoso de los cisnes.


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *