Rumpelstikin

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Había una vez un pobre molinero que tenía una bellísima hija. Frente al Rey presumió que su hija sabia hilar tan bien que convertía la paja en oro. Entonces el Rey la llevó a su castillo, la metió a un cuarto lleno de paja. Le dio una rueca y un carrete, diciéndole: -Si mañana toda esta paja no es oro, morirás -.

Allí quedó sentada la pobre hija del molinero, y se echó a llorar. De pronto entró por la puerta un hombrecillo, interesado en su pesar, prometió convertir la paja en oro si ella le daba a cambio su collar. Se lo entregó y así pasó el hombrecillo hilando toda la noche, por la mañana el Rey encontró sus carretes de oro.

Luego el Rey llevó a la chica a una sala más grande llena de paja. Cuando estuvo sola apareció de nuevo el hombrecillo, Esta vez la muchacha le dio una sortija y él los carretes de oro.

El Rey quiso más. La llevó a un patio lleno de paja diciendo: -Si lo llenas de serás mi esposa-. Volvió el hombrecito, pero ella ya no tenía nada que darle. Él le pidió entonces su hijo cuando fuera Reina. Para salir del paso, aceptó la propuesta. El hombrecito, feliz, trabajó nuevamente el oro. Y al ver los resultados, el rey se casó con la molinera.

Un año más tarde le nació un hermoso niño, sin que se hubiera acordado más del hombrecito. Pero, de repente, lo vio entrar, reclamando lo prometido. La reina le lloró, ofreciéndole mil riquezas, pero el hombrecillo atesoraba más al niño; pero al final se compadeció, dando tres días de plazo para que la Reina adivinara su nombre y así le dejaría niño.

La Reina movilizó a toda la corte, y al empezar a mencionarle miles de nombres la respuesta siempre fue negativa. Al tercer día, un mensajero de la reina le dijo que al subir la montaña, en una casita diminuta, vio un hombrecillo que cantaba alrededor de la hoguera:

-Hoy tomo vino y mañana cerveza, después al niño sin falta traerán. Nunca, se rompan o no la cabeza, el nombre Rumpelstikin adivinarán-

La reina feliz, dijo unos cuantos nombres más, hasta que al fin dijo: -¡Eres Rumpelstikin!-, -¡Te lo dijo una bruja!- gritó el hombrecito, y, furioso, dio en el suelo una patada y entonces, sin dejar de protestar, se marchó corriendo y saltando sobre una sola pierna, mientras en palacio todos se reían de él por haber pasado en vano tantos trabajos.

Hermanos Grimm


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